¿Qué significa retroceder, después de haber avanzado tanto?
Erika Huacuz
Las olas, entre reflujo y el backlash
Hace un par de años que venimos experimentando una paradoja en el feminismo contemporáneo; la percibimos y nos atraviesa. Es tan incómoda, que ha sido complejo verbalizar colectivamente más allá de la complicidad del comentario puntual sobre lo que ha significado individualmente en nuestras vidas y el reflejo de lo que consumimos en redes. Pero es así: nunca antes el movimiento feminista había acumulado tantas victorias formales y, al mismo tiempo, nunca se había enfrentado una ofensiva tan organizada en su contra.
La paradójica simultaneidad de esta realidad no es casual ni contradictoria, es precisamente, la lógica que guardan los movimientos sociales. Los contramovimientos, por lo general, no emergen cuando estos fracasan, si no cuando las demandas, el programa político, avanza lo suficiente como para amenazar estructuras de poder que se creían consolidadas.
Mucho se ha discutido desde la izquierda la premisa de la constancia en la existencia de procesos de retroceso en los movimientos sociales, guardando las particularidades propias de cada uno, su temporalidad y localización. Por lo que, para el caso particular de los feminismos, no son ajenos estos análisis, nos preceden y se nos repiten casi como sentencia.
Cada vez que nos anunciamos el inicio de una ola y experimentamos con semi asombro el estallido, nos encontramos de nuevo a la deriva: unas con sorpresa, otras esperando y vaticinando el retroceso que nos encarará con un patriarcado cada vez más crudo y encarnizado. No exagero cuando digo que, partiendo del análisis de la historia, hoy nos espera un futuro que se ve aterrador y al cual habrá que hacerle frente.
Al respecto, Rosa Luxemburgo[1], describía a las huelgas y revoluciones como rápidos flujos y reflujos de la marea, metáfora política a través de la cual explicó a las masas de trabajadoras y trabajadores los tiempos estratégicos de incidencia del movimiento obrero; cuando ser ofensiva y cuando es más prudente, por el contrario, replegarse y aprovechar el aprendizaje cultural y político que los grandes estallidos dejan a su paso. En parte, el movimiento de mujeres retomó de Rosa la teoría de organización y partido, la importancia de la sistematización, del repliegue organizado y la necesidad de mantener la organización aún en los momentos más oscuros. Posteriores autoras y militantes complementaron el análisis con la pertinente labor de permanecer, de que los aprendizajes en momentos de retroceso no fueran borrados de la historia. Sin embargo, los mecanismos del sistema contraatacan, haciéndonos creer que cada retroceso nos lleva irremediablemente al inicio, borrando siglos de lucha de mujeres.
Susan Faludi[2], con el conocimiento colectivo acumulado de la tercera ola documentaba, cómo los avances conquistados por el feminismo en los años setenta fueron puestos en jaque por narrativas que proclamaban el fracaso del feminismo. Abonando a la teoría el concepto de backlash[3], describía cómo sectores del más rancio conservadurismo culpaban públicamente al feminismo de males dignos de contenerse en los documentos fundacionales de repúblicas teocráticas ultraconservadoras (reales o ficticias)[4]: infertilidad, depresión femenina y crisis de la familia tradicional. Relatos mediáticos, jurídicos y políticos con un patrón muy claro, cada vez que el feminismo avanza, el patriarcado se reconfigura y lanza su contraataque.
Hasta aquí, pareciera que Rosa y Susan hablan de lo mismo con dos niveles de análisis diferente, sin embargo, diferenciar entre reflujo y backlash permite acceder a conclusiones estratégicas más precisas. Cuando hablamos de reflujo nos referimos a una fase del ciclo de protesta, el momento en que un movimiento pierde intensidad, masa crítica, capacidad de presión; esta es una categoría interna al movimiento que habla de su dinámica, su fatiga, sus contradicciones, sus disputas de agenda, las riñas entre las referentes que la conforman. La particularidad del reflujo es que puede ocurrir sin que nadie lo provoque activamente, resultado de la institucionalización, el agotamiento militante, la fragmentación, o incluso del propio éxito parcial que hace que parte de la base sienta que ya se logró, lo que sea que se haya estado buscando.
Por otra parte, el backlash, es una categoría externa que describe la reacción organizada de las fuerzas que se sienten amenazadas por el avance del movimiento, supone un agente que contraataca, una estrategia, recursos, redes; es un contramovimiento, no una fatiga. Es decir, este no se desencadena porque las mujeres hayamos conseguido el pleno de nuestras demandas, sino porque parecía posible que llegáramos a conseguirlas; es un golpe anticipado que detiene al movimiento mucho antes de que llegue a la meta.
Aunque ambos fenómenos coexisten y se alimentan mutuamente, es decir, el backlash puede generar reflujo y este a su vez puede facilitar el backlash como serpiente que muerde su propia cola, confundir uno con el otro, y no generar la caracterización correcta, tiene el efecto político concreto y problemático de invisibilizar el ataque directo de la reacción, naturalizando el declive del movimiento, responsabilizando al feminismo, como un todo, de su propio debilitamiento, cuando en realidad existen actores externos trabajando activamente para producirlo.
El 2025 nos dejó esta conjunción reflejada en una enorme presión moral sobre los movimientos feministas. Agotamiento mental, emocional y físico de activistas y militantes, desmantelamiento de políticas de igualdad sustantiva, desfinanciamiento generalizado de instituciones y programas a nivel mundial (so pretexto de la recesión y crisis), surgimiento de grupos masculinistas en los espacios físicos y virtuales (conocidos como la machosfera), recrudecimiento de los discursos de odio hacia las comunidades de la diversidad, entre otras circunstancias que sólo vemos agravarse.
Contramovimiento internacional coordinado
Curioso 2026 en el que apenas a seis años del estallido mundial de los movimientos de mujeres en las principales capitales del mundo, presenciamos en tiempo real el deterioro global de los derechos de las mujeres. Un backlash bien coordinado y financiado contra el feminismo, la igualdad sustantiva y las diversidades, que desde un año antes amenazaba públicamente los avances conquistados por los movimientos de mujeres, que ya venían enfrentando financiamiento limitado, espacios colectivos propios en contracción y entornos políticos antiderechos.
Un ejemplo regional es el caso argentino, que bajo la administración de ultra derecha de Milei emprendió una batalla frontal contra el feminismo, desmantelando los procesos institucionales de obtención de derechos para las mujeres que avanzaban en el país, generando una reacción de movilizaciones multitudinarias que ya no marcaban agenda de avance político, sino de resguardo y protección. La prensa argentina constantemente reportaba que ser hombre y menor de 25 años, es un indicativo de conservadurismo, evidenciando una brecha ideológica entre mujeres y hombres que se expresa en temas sociales, políticos, económicos y culturales.
Este fenómeno no es marginal, en términos políticos, expresa la articulación entre el masculinismo y el libertarianismo como plataforma política. En América Latina, figuras como Bolsonaro en Brasil o Milei en Argentina fueron la punta de lanza de la retórica antifeminista como recurso central de construcción identitaria de sus bases a las que se irían sumando, lamentablemente, más países en la región.
La configuración del mapa regional de ultraderecha es más amplia y sus raíces llevan años cimentándose. José Antonio Kast, hoy presidente de Chile, por ejemplo, presidió entre 2022 y 2024 el Political Network for Values[5] (PNfV), una red ultraconservadora internacional contraria al aborto, al feminismo y a los derechos LGBTTTIQ+, además de participar en foros como la Conservative Political Action Conference[6] (CPAC) en compañía de Orbán[7], Bukele y Milei, reivindicando el lema: Dios, patria, familia. En El Salvador, Bukele declaró en la misma conferencia que su gobierno no permite contenidos con ideología de género en escuelas ni colegios, eliminó oficinas de atención a la población LGBTTTIQ+ y retiró materiales de educación sexual del sistema educativo, en un país con altísimas cifras de víctimas de violencia sexual registrada. El más reciente de los casos es Colombia, donde el triunfo controversial[8] de Abelardo de la Espirella fortalece el giro político de la región hacia la derecha y pone en alerta sobre las políticas que podría emprender.
Esta arquitectura ideológica no sería posible sin mecanismos de financiación internacionales, y aunque el trazado completo de los flujos de inversión de los proyectos ultraconservadores no es del todo público, sí se conocen algunas de las plataformas fondeadoras, como el caso de Atlas Network, cuyo ingreso monetario se registra provenir de la National Endowment for Democracy (NED), la United States Agency for International Development (USAID) y grupos empresariales estadounidenses, fondeo que ponen a disposición de proyectos políticos de extrema derecha, con 478 organizaciones asociadas en 96 países y presencia documentada en México, Argentina, Brasil, Chile, Honduras, entre otros. La evidencia revela que esto no es coincidencia ideológica, sino coordinación activa, que combina doctrina católica antigénero, fundamentalismo evangélico, organizaciones laicas de derecha, ONGs, grupos empresariales, partidos políticos y plataformas digitales, en un internacionalismo reaccionario que instrumentaliza la retórica anti derechos como recurso para consolidar su poder.
Es preciso puntualizar que aunque los objetivos ulteriores de esta coordinación internacional son imperialistas y mucho más amplios (acordes con el momento actual del sistema, la obtención máxima de la ganancia y concentración de capitales), convertir al feminismo en enemigo les es tremendamente útil, no porque el movimiento haya generado una crisis en la región, sino porque vienen nombrando demasiadas de ellas y sus causas a la vez. Tuvimos la claridad de vincular el feminicidio con el fracaso de los Estados nacionales, los trabajos reproductivos y de cuidado con la explotación económica, el aborto con la desigualdad de clase. Esta claridad en un movimiento que representa a más de la mitad de la población es peligrosa, porque ante este panorama, los movimientos feministas también movilizamos redes y articulamos nuestras acciones locales a las agendas nacionales e internacionales.
Sin embargo, enfrentamos financiamiento limitado, espacios autogestivos contraídos y entornos cada vez más desiguales y hostiles. Para nosotras, una mayor visibilidad significó también una ofensiva mayor, que no es coincidencia. La reacción es proporcional a la amenaza percibida, y el feminismo de esta cuarta ola, con su capacidad de movilización masiva, articulación digital y agenda de transformación estructural, representó una amenaza real de cambio que necesitaba contenerse.
México, entre logros formales y condiciones materiales adversas
Este patrón descrito no opera en el vacío ni llega a nuestro país desde fuera como fenómeno ajeno. Las redes transnacionales del backlash encuentran suelo fértil en un contexto nacional donde el Estado aprendió, antes que nadie, a simular el idioma del feminismo sin ceder ante su agenda.
En este contexto, ¿Qué ocurre cuando se acumulan victorias normativas sin que se transformen las condiciones materiales que las hicieron necesarias? No es una pregunta retórica. Es, precisamente, la pregunta que permite distinguir entre un movimiento que avanza y uno que es administrado.
Luxemburgo (1900), en ¿Reforma o revolución? explicó el riesgo de toda política de reformas dentro de un orden que no se cuestiona sus fundamentos. No negaba el valor de las conquistas parciales, las reconocía como momentos necesarios de la lucha, pero advertía lo pernicioso que era confundirlas con el horizonte, con las demandas que significaban el rompimiento del orden actual de las cosas.
Este análisis político, apuntaba al argumento de que, mientras éstas fueran realizadas dentro del sistema, se corría el riesgo de que su intención se limitara a estabilizarlo en momentos de crisis; haciéndolo más tolerable, reduciendo presión política y apaciguando los ánimos revolucionarios. Esta advertencia, que formuló para el movimiento obrero de principios del siglo XX, tiene hoy una vigencia incómoda para el feminismo contemporáneo.
Fenómenos como la paridad constitucional sin representación sustantiva; el aborto legal sin aborto seguro y accesible en la práctica; la Ley Olimpia sin infraestructura de protección real para las víctimas de violencia digital; la perspectiva de género en los planes de estudio sin formación docente que la sostenga; entre muchas otras manifestaciones, son la materialización de la advertencia de Rosa, desdoblamientos entre la norma escrita y su efecto real.
En México el backlash institucional adoptó su forma más sofisticada, no la supresión abierta de derechos sino su vaciamiento silencioso. El gasto en políticas de igualdad de género se redujo, las violencias contra las mujeres aumentaron y la despenalización del aborto no logró avanzar homogéneamente a pesar del clamor popular. En los puntos más álgidos de la ola, reportes periodísticos sobre documentos filtrados de la Secretaría de la Defensa Nacional llegaron a describirnos como una amenaza a la seguridad nacional, mientras que el Estado, en sus diferentes niveles de gobierno se declaraba públicamente feminista.
Este tipo de gatopardismo, es la variante progresista del backlash regional, funcionalmente distinta de los discursos abiertamente antifeministas, pero igualmente eficaz en sus efectos. México ocupa en el mapa regional un lugar singular, no el de la derecha que ataca al feminismo desde afuera, sino el del Estado que lo abraza institucionalmente para neutralizarlo desde adentro.
Procesos como el que experimentamos actualmente tienen una historia mucho más larga de lo que suele puntualizarse en los análisis contemporáneos. En los años setenta, instituciones coercitivas del Estado como la Dirección Federal de Seguridad ya vigilaba y recolectaba información sobre las principales organizaciones feministas, mientras que la organización autónoma y espontánea, que caracterizó al feminismo mexicano en sus primeras décadas, comenzaba a transformarse y mutar a dinámicas institucionales (organizaciones no gubernamentales, organizaciones de la sociedad civil e instituciones privadas) consolidando al feminismo como fuerza política reconocida, pero marcando también el inicio de debates sobre los límites y riesgos de la cooptación institucional.
La historia nos muestra que los procesos de reformas pueden nombrarlo todo sin transformar nada, y cuando eso ocurre, el movimiento que las impulsa queda atrapado en una posición contradictoria, que consiste en reivindicar conquistas que no se traducen en vida cotidiana, mientras el Estado que las otorgó las usa como evidencia de que el feminismo ya se logró. La demanda de reconocimiento, visibilidad, representación e identidad puede desacoplarse de la demanda de transformación de las condiciones materiales de vida de las mujeres y el resultado es un feminismo que habita las instituciones sin cuestionarlas; en el caso mexicano, la operación fue aún más directa, el Estado no solo cooptó las demandas, sino que reclamó para sí la identidad feminista.
Nancy Fraser[9] tematizó este mismo riesgo desde una óptica distinta pero convergente, advirtiendo que los movimientos feministas de las últimas décadas han sido parcialmente cooptados por un orden neoliberal, y que en vez de alterarlo dicha cooptación lo legitima culturalmente.
En este escenario, aunque el backlash internacional salga de nuestra posibilidad de control inmediato, tenemos aún el camino frente al reflujo del movimiento que nos plantea Rosa: no caer en el catastrofismo. En Huelga de Masas, Partido y Sindicatos[10], argumentaba que en cada momento de reflujo el movimiento, en su conjunto, adquiere sedimento: conciencia política, configuración de redes, genera teoría revolucionaria compartida, especializando y afinando las demandas del movimiento.
Es decir, recuperamos y superamos en términos históricos. El reflujo no es la destrucción del movimiento, es su reconfiguración subterránea.
Por lo que la pregunta hoy no se trata de cuántas mujeres marcharon el último 8M (aunque el dato importe para nuestros balances internos), sino qué y de qué manera se está sedimentando esta fase de repliegue. Qué colectivas y organizaciones se consolidaron mientras las grandes movilizaciones perdían masa; qué marcos interpretativos se arraigaron en comunidades que antes no tenían acceso a la teoría política feminista; qué redes de cuidado mutuo, de acompañamiento en derechos sexuales y reproductivos, de defensa jurídica, de denuncia de las violencias machistas, o de seguridad social y trabajo digno siguen operando sin necesitar la visibilidad de la marcha para existir.
Desde esta perspectiva, este momento que vivimos no debería leerse como derrota, sino como el momento en que se hace visible la diferencia entre el feminismo como espectáculo político y el feminismo como práctica transformadora sostenida. Y esa diferencia, justamente, es la que el backlash institucional y discursivo busca borrar, el Estado necesita un feminismo visible y celebrable, administrable, que no amenace las estructuras que producen la desigualdad que dice combatir.
Notas:
[1] Luxemburgo, R. (1906). Huelga de masas, Partido y Sindicatos.
[2] Faludi, S. (1991). Backlash: The undeclared war against American women.
[3] Su traducción no literal sería la acción de retroceso brusco de una palanca, ese latigazo de retroceso mecánico.
[4] Pienso en Gilead, república teocrática y ultra conservadora ficticia de la obra de Margaret Atwood en la novela El cuento de la criada.
[5] Es el principal foro anual de la derecha ultraconservadora estadounidense, organizada por la American Conservative Union (ACU).
[6] Es una red internacional ultraconservadora fundada en España con estrechos lazos con el partido VOX.
[7] Aunque no es un presidente de la región Viktor Orbán en Hungría, representa los vínculos de la agenda ultraconservadora a nivel mundial.
[8] Petro denunció con evidencia que el software utilizado en el proceso electoral fue comprometido para garantizar el triunfo de de la Espriella, señalando directamente a empresas israelíes de ciberoperaciones como BlackCore.
[9] Fraser, N. (2013). Fortunas del feminismo.
[10] Luxemburgo, R. (1906). Huelga de Masas, Partido y Sindicatos.
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