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que significa retroceder II

Erika G. Huacuz

El antifeminismo con voz de mujer

Hace unas semanas escribía lo que ahora considero la primera parte de una especie de balance del movimiento feminista. En este definía al momento actual como una paradoja estructural, entre el avance formal y el repliegue sustantivo, a través de las categorías de reflujo[1] y backlash[2], expresada en la práctica a través de la acumulación de victorias normativas a la par de la neutralización de las mismas, mediante mecanismos de reacción internacional organizada; creando y nutriendo contramovimientos conservadores que han encontrado suelo fértil ante un feminismo en proceso de reflujo.

Esta segunda parte enfrenta una paradoja distinta, de orden práctico, cuyo análisis deriva del anterior. Mientras que la primera trataba de la explicación de la contradicción inscrita en la lógica del sistema, la segunda se sitúa en la conducta de sus actrices. La pregunta que inspira esta arista del análisis es ¿por qué son algunas mujeres, quienes organizan, difunden y celebran la renuncia a los derechos que conquistamos?

Ambas paradojas no se contradicen, sino que se necesitan. La paradoja estructural produce las condiciones materiales e ideológicas para que la renuncia parezca racional o incluso deseable; la paradoja práctica la ejecuta, la estetiza y la amplifica. Leer solo una de las dos es leer la mitad del fenómeno.

Partamos de lo observable: ya no es el sistema el que absorbe las demandas desde arriba, sino que son sujetas políticas concretas las que las devuelven desde abajo, con estética propia, plataforma digital y convicción aparente.

La segunda paradoja: mujeres organizadas contra sus propios derechos

Simone de Beauvoir[3] tiene una de las frases más compartidas en el mundillo virtual feminista, versa así: El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos. Su relevancia y popularidad radica en la genialidad de condensar la observación de que la subordinación femenina no requiere siempre de una imposición externa.

Porque cuando la Otra interioriza su condición hasta convertirla en identidad, el patriarcado encuentra en las propias mujeres a sus operadoras más eficaces. La subordinación deja de vivirse como opresión y comienza a vivirse como vocación, como valor, como elección libre. Faludi[4], cuatro décadas después, documentaría cómo esa observación filosófica se convierte en estrategia política, la forma de backlash más eficaz y más difícil de nombrar no es la que ataca al feminismo desde afuera, sino la que convence a las propias mujeres de renunciar voluntariamente a sus derechos. En 2026 esta estrategia tiene nombre, plataforma y una convocatoria de tres mil asistentes a una cumbre en San Antonio, Texas.

La noticia ha circulado ampliamente, del 5 al 7 de junio de 2026, la Women’s Leadership Summit[5], organizada por Turning Point USA y encabezada por su directora ejecutiva Erika Kirk[6], reunió a miles de mujeres conservadoras en torno a una agenda que incluía, entre otras cosas, la defensa pública del llamado voto por hogar[7], propuesta que plantea un modelo de eliminación del voto de las mujeres integrándolo formalmente a la unidad familiar como una sola entidad de elección, lo que en la práctica significaría la cesión del derecho individual de elección y participación político-electoral.

Originalmente, la estratégia fué articulada a través de lo que se conoce como el movimiento tradwife[8], el cual surge en el ecosistema digital anglosajón, como respuesta directa a los avances de la cuarta ola feminista. Y aunque pareciera que emerge de la nada, sin una organización centralizada o un manifiesto fundacional, tiene su base ideológica más sólida en los fundamentalismos cristianos, particularmente el evangélico y el mormón, así como en los círculos católicos tradicionalistas, en los que a pesar de las diferencias de credo, el patriarcado encuentra complicidad en el ejercicio del poder sobre las mujeres.

El tradwife, no es por lo tanto, una tendencia cultural espontánea, sino que es la versión estetizada de una agenda política institucional cuya propaganda descansa sobre una estratégia de crecimiento a través de cuentas de Instagram, canales de YouTube y videos de TikTok donde mujeres, mayoritariamente blancas,  estadounidenses y europeas, documentan su vida doméstica como un ideal de feminidad recuperada; idea que se sintetiza en el retorno voluntario al rol de esposa tradicional, con todo lo que eso implica, como la dependencia económica del cónyuge, renuncia a la vida laboral y pública, maternidad como vocación central y rechazo explícito del feminismo como proyecto colectivo.

Las particularidades que distinguen al tradwife como contramovimiento moderno, del conservadurismo doméstico de otras épocas no es sólo su soporte digital, sino la paradoja que lo constituye. Sus figuras más visibles, como Savanna Faith Stone, Hannah Neeleman, Esther Andjelic, han construido marcas personales que acumulan miles de seguidoras (clientas) y cobran por contenido patrocinado, mientras promueven un modelo de vida en el que las mujeres no deberían hacer nada de eso, monetizando en la práctica la subordinación.

Es una trampa en la que solo algunas generan ganancias mientras predican la dependencia económica total de la mayoría; la lógica del capital con filtro de Instagram y encarnada en lo que Fortunati[9] denominó como el arcano de la reproducción, la ideología que oculta que el trabajo doméstico es trabajo, estetizada y vendida como aspiración por las mismas mujeres que la reproducen.

Bajo este contexto, si paramos un poco a reflexionar sobre las conexiones que existen en la vorágine de información que vomitan las redes sociales, nos daremos cuenta de que lo que Savanna Faith Stone publica en TikTok, por ejemplo, es exactamente lo que el Proyecto 2025[10] de la Heritage Foundation[11] propuso en el proyecto de transición presidencial, en el que describía políticas públicas que consistían en desmantelar la red de seguridad social y devolver la carga del cuidado a las familias, es decir, a las mujeres.

El fenómeno adquiere particular relevancia a partir de la Women’s Leadership Summit 2026, ya que representa simbólicamente el momento en que el tradwife se articula abiertamente con la política institucional conservadora que llevaba años cocinándose, dejando de ser creación de contenido audiovisual de nicho en redes, para convertirse en plataforma política con infraestructura, financiamiento y agenda propia; y el eje de la discusión que nos apremia no debería de ser si estas mujeres tienen derecho a elegir su forma de vida, lo tienen, como cualquier persona, sino qué condiciones materiales e ideológicas producen que la renuncia a derechos conquistados con décadas de lucha colectiva aparezca como una opción deseable.

Esta discusión tiene un eje marcado de clase, y las posibles respuestas que de ella emerjan es sin duda lo que el contramovimiento tradwife sistemáticamente evita, ya que permitiría exactamente lo que hasta el momento pretende ocultar, el privilegio de clase sobre el que se sostiene. Vale entonces para nosotras reflexionar entre muchas otras cosas, estas asimetrías en la discusión pública, ¿Por qué la propuesta de eliminar el voto a las mujeres generó en pocas horas más reacción mediática internacional que años de retroceso sistemático en derechos reproductivos, laborales y de protección frente a la violencia?

Una respuesta posible es la más obvia y la menos satisfactoria, el sufragio toca el núcleo de la democracia liberal de una manera que, por ejemplo, derechos como los sexuales y reproductivos no tocan directamente. Quitar el voto amenazaría, entre otras cosas, a todos los actores y actrices que dependen del sistema electoral para mantenerse en el poder, incluidos muchos que no tienen ningún interés feminista. El escándalo, en ese caso, no es solidario, es autoprotección del orden democrático formal.

La respuesta más incómoda es que el backlash digital ha aprendido a usar la polémica extrema como estrategia de distracción. La propuesta del voto por hogar podría inclusive no tener ninguna viabilidad legislativa real[12], pero su circulación masiva cumple una función precisa, desplazar el umbral de lo aceptable.

Cuando el debate público consiste en si las mujeres estadounidenses deberían de vota, olvidan aunque sea momentáneamente, que en al rededor de 20 estados se les restringe severamente el aborto y que en 14 la prohibición es cuasitotal. Cuando el escándalo ocupa el centro, el retroceso gradual opera en los márgenes sin resistencia proporcional, introduciendo lo impensable para que lo grave parezca moderado, el backlash más eficaz, en ese sentido, no es el que se ve. Es el que aprovecha que estamos mirando hacia otro lado.

Lo que ya sabíamos pero el patriarcado nos quiso hacer olvidar

Leer autoras clásicas y a las que hasta hace algunas décadas eran consideradas como contemporáneas no debería de ser un ejercicio de arqueología intelectual. Es constatar que el ciclo no se ha roto, que las estrategias del contramovimiento antifeminista se repiten con una regularidad que desafía cualquier narrativa lineal de progreso.

Faludi[13], por ejemplo, documentó que las políticas de Estados Unidos en los años ochenta eran para las mujeres un escenario de ofensiva sistemática contra sus derechos. En la televisión, medio audiovisual de moda para la época, proliferaban figuras femeninas sumisas y complacientes, mientras se multiplicaban los ataques al derecho al aborto y se estrechaban los espacios laborales y políticos. Treinta y cinco años después, sustituimos pantallas de cine y televisión por TikTok e Instagram y el diagnóstico es idéntico, diferenciándose únicamente por el soporte, no por la estructura.

Una de las ideas centrales de Faludi, como mencionaba en la entrega anterior, es que el backlash genera argumentativamente, entre otras cosas, un giro radical a la verdad, proclamando que son las estratégias de liberación y autonomía que han utilizado las mujeres para mejorar su situación de vida las que en realidad han provocado su infelicidad. La operación discursiva y propagandística de la reacción es entonces sistemáticamente la misma, no atacar los derechos de las mujeres frontalmente, sino presentar esos derechos como la causa de su infelicidad.

En los años ochenta esa narrativa se construía desde los medios masivos y las organizaciones conservadoras religiosas; hoy se construye desde algoritmos que amplifican el contenido que genera más reacción emocional, y desde influencers que cobran por contenido patrocinado, mientras declaran que el feminismo destruye la felicidad femenina. El cuento de princesas se repite, y las brujas como Faludi y otras autoras de la segunda y tercera ola también no se cansaron de denunciar cómo en el ámbito de la familia se promovía el retorno idealizado al hogar y la maternidad como destino natural, presentado no como imposición sino como elección libre y deseable.

La reciente propuesta del voto por hogar es en esencia exactamente la misma operación llevada a su extremo lógico, no solo el hogar como destino natural de las mujeres, sino el hogar como unidad política que absorbe y representa, disolviendo la individualidad jurídica de las mujeres en la figura del patriarca. L

Hay un punto, sin embargo, donde el parangón se rompe y la diferencia generacional y de magnitud importa, las feministas de los ochenta y noventa hablaban en su mayoría de contramovimientos nacionales y mediáticos locales, sus actores y actrices se encontraban en revistas, películas, columnistas conservadores, think tanks que se quedaban semi aisladas en la esfera de la discusión anglosajona, europea o si acaso en las esferas más burguesas de los países latinoamericanos. Sin embargo, el backlash y los movimientos reaccionarios que experimentamos en 2026 son de carácter transnacional, algorítmico y en muchos de los casos con estrategia empresarial autofinanciada.

Quizá no nos pudimos anticipar a las magnitudes a las que nos enfrentábamos por la rapidez e impredictibilidad de los avances tecnológicos, pero sin duda las feministas que nos antecedieron ya identificaban las estructuras sistémicas que sostienen hoy a la reacción a la que nos enfrentamos y planteaban claro algo que sin duda sigue resonándonos, que mientras el feminismo no transforme las condiciones materiales que producen y reproducen la opresión y explotación, siempre habrá mujeres para quienes el patriarcado parezca una oferta mejor que la promesa incumplida de la igualdad.

Las tradwives no emergen en el vacío, sino en un contexto de feminismo institucionalizado que acumuló victorias formales sin transformar las condiciones de vida de la mayoría de las mujeres. Si el feminismo liberal ofrece igualdad de oportunidades en un mercado laboral que precariza, y el tradwife ofrece el cuento y promesa de seguridad económica a cambio de ceder la autonomía, la elección no es entre liberación o sumisión, es entre dos formas distintas de gestionar la opresión.

Eso no justifica la renuncia a los derechos, obliga a preguntarse qué feminismos son capaces de ofrecer la transformación real de las estructuras que ninguna de estas dos opciones ofrece. Nosotras tenemos la respuesta, estamos seguras de que son los feminismos de tradición marxista.

La renuncia como privilegio: lucha de clases y antifeminismo femenino

La pregunta queda en el aire, ¿quién puede permitirse renunciar al voto?, y la respuesta simple es la que vivimos la mayoría de las mujeres en carne propia, que sin necesidad de gran análisis intuimos que estas propuestas significan una renuncia política, así sin grandes explicaciones.

Sin embargo, considero que es importante dotar de contenido al análisis de los sucesos,  sobre todo en un panorama que nos plantea procesos de reorganización estratégica del movimiento feminista, requiere desde mi punto de vista, de precisiones teóricas y propuestas prácticas que se estructuren deacorde.

Es aquí en donde comienza el debate interno, desde los feminismos marxistas responderíamos a la pregunta con argumentos como que el ideal del ama de casa fue históricamente un privilegio, tanto de clase como de raza, y estuvo fuera del alcance de millones de mujeres indígenas, negras o empobrecidas. En este contexto, propuestas como la teoría de la reproducción social, permiten dilucidar los mecanismos estructurales del capitalismo patriarcal, así como su operación en términos ideológicos sobre el papel del trabajo de las mujeres en la reproducción del sistema en su conjunto, es decir, dar al trabajo doméstico la apariencia de no-trabajo, presentándolo como amor, vocación y realización natural de las mujeres, ya que el sistema necesita que ese trabajo parezca gratuito para serlo.

Desde nuestro análisis las voceras tradwives son burguesas que actualizan esa operación con un giro propio a la época actual, monetizando la imagen del trabajo doméstico como elección libre y feliz, cobrando por contenido patrocinado, reproduciendo la ideología que hace ese trabajo invisible y no remunerado para las mujeres que no tienen cámara ni seguidores, mientras montan empresas reales de producción de diferentes mercancías que ocultan la participación de empleados a sueldo[14], es decir, cobran por mostrar que no cobran.

En el caso del voto, vale la pena recordar y recuperar el balance de cómo las feministas marxistas rusas, miraban al movimiento sufragista con una mezcla de reconocimiento y desconfianza. Kollontai, por ejemplo, no negaba el valor del derecho al voto, reconocía que era una conquista real frente al Estado capitalista; sin embargo advertía que el sufragismo burgués cometía el error de creer que la igualdad política formal, reflejado en el derecho al voto, el acceso a las profesiones, la igualdad ante la ley, era suficiente para liberar a las mujeres, sin tocar las condiciones materiales que producían su subordinación.

Para Kollontai[15], las sufragistas inglesas y estadounidenses luchaban por integrarse en igualdad de condiciones a un orden que seguía siendo capitalista y patriarcal, sin cuestionarlo en sus fundamentos. La mujer burguesa que conquistaba el voto podía usarlo para defender sus propios intereses de clase, que no eran necesariamente los intereses de las obreras, las campesinas o las mujeres sin propiedad.

Esta distinción, parte de plantear la inexistencia de la mujer como categoría universal[16], es decir, las mujeres, aún en nuestra diversidad nos divide la clase. Por ende, en términos estratégicos cualquier feminismo que ignore esa división corre el riesgo de convertirse en un instrumento de la burguesía.

Esto resuena con exactitud en el tradwife, protagonizado mayoritariamente por mujeres con capital económico suficiente para elegir la dependencia, mientras las mujeres sin ese capital no tienen esa opción. El sufragismo burgués quería votar junto a los hombres de su clase; las tradwives quieren cederles el voto. Kollontai habría reconocido en ambos gestos la misma lógica, la clase primero, los derechos de las mujeres, después.

Angela Davis[17], entre otras autoras, extendió el análisis para incluir las características interseccionales que adquiere la lucha por el sufragio, señalando que el movimiento, mayoritariamente blanco, representó en la práctica la exclusión de las mujeres negras y trabajadoras de su proyecto de emancipación, universalizando una experiencia de privilegio como si fuera la experiencia de todas.

La ironía histórica sobre esto es que en la actualidad este tipo de contramovimientos proponen renunciar a un derecho que significó para las mujeres racializadas y pobres décadas más de lucha encarnizada para conquistar que las blancas, precisamente porque ese derecho no les fue otorgado en igualdad de condiciones ni al mismo tiempo; el que la propuesta surja de estos grupos de mujeres privilegiadas con capital económico, cultural y digital propio es la lógica de clase operando con toda su coherencia.

Estas voceras del conservadurismo no son tan diferentes a ese tipo de sufragista blanca que describía el feminismo de épocas anteriores, son su extremo lógico, ya que piden igualdad dentro del orden, acomodo privilegiado dentro de él; y ese acomodo solo está disponible para quienes ya tienen capital suficiente para negociar individualmente con el patriarcado sin necesitar la protección del movimiento colectivo.

¿Qué significa esto en nuestra realidad?

Partamos de reconocer que existe una trampa cognitiva que las que habitamos los feminismos organizados no siempre estamos dispuestas a identificar como una limitante: la cámara de eco. Quienes escribimos, leemos y debatimos sobre backlash, reflujo o antifeminismo, lo hacemos, en su mayoría, dentro de redes de circulación donde el feminismo es ya un horizonte compartido. Nos retroalimentamos, nos citamos, nos reconocemos. Y esa retroalimentación puede producir la ilusión de que el terreno está más ganado de lo que está.

Mientras tanto, el algoritmo que amplifica nuestros debates también amplifica, con la misma eficiencia y sin distinción ideológica, el contenido tradwife, la manosfera y los discursos antiderechos, con la diferencia de que la mayoría de nosotras no tenemos ni el capital, ni la cantidad de tiempo libre para dedicar exclusivamente a la difusión de nuestras ideas.

Pero lo más terrible y peligroso, es que ese mismo algoritmo, amplifica hacia mujeres que no están en nuestras redes, que no leen a Kollontai ni a Davis, que viven condiciones materiales de precariedad, dependencia económica o aislamiento que hacen del modelo conservador no una elección ideológica sino una forma de sobrevivencia con nombre y comunidad. Para una mujer trabajadora que no tiene red de apoyo, que vive en un contexto donde el feminismo es percibido como amenaza a su entorno inmediato, la propuesta tradwife no llega como retroceso, llega como pertenencia y opción de vida.

Esa distancia entre las mujeres de una misma clase que analizamos el backlash y las mujeres que lo viven como sentido común[18], no es un problema de conciencia individual, es una deuda organizativa que las feministas tenemos pendiente. La cuestión no es por qué ellas no ven lo que nosotras vemos, sino qué condiciones materiales, afectivas y comunitarias hacen que el discurso antifeminista les ofrezca algo que el feminismo todavía no ha sabido ofrecerles.

Para una mujer precarizada, aislada, sin acceso real al mercado laboral, estas propuestas ultraconservadoras no son estética, son trampa; la dependencia económica total del cónyuge no es una elección libre cuando no existe alternativa real, esta observación sigue siendo la más incómoda del debate porque obliga a preguntarnos no sólo quién renuncia, sino quién paga el costo de esa renuncia.

El reflejo del tradwife en México

La distancia entre Texas y México es más corta de lo que pensamos y sin embargo es quilométrica. La propuesta de voto por hogar de la Women’s Leadership Summit 2026 tardó apenas días en tener eco en nuestro país, con el caso más emblemático registrado de la propuesta pública de un militante del PAN[19], sin desautorización ni comunicado oficial de su partido. Más que ser un hecho anecdótico, deberíamos de leerlo como la medición del tiempo que le toma accionar al internacionalismo reaccionario en nuestro país y la confirmación de que la derecha mexicana tiene oídos atentos a lo que se cocina en los foros conservadores estadounidenses.

Sin embargo, el backlash en México no necesita importar este tipo de propuestas para ser real y efectivo en núcleos familiares que están lejos de parecerse a los de la familia tradicional[20], y precisamente porque este ya opera de forma exitosa, con sus propias formas y ritmos.

Opera cuando el presupuesto de la Secretaría de las Mujeres arranca con 75 millones de pesos menos que las instituciones que fusionó; opera cuando los documentos filtrados de la Secretaría de la Defensa Nacional describen a las feministas como amenaza a la seguridad nacional; opera cuando en Michoacán, un estado con Alerta de Violencia de Género activa en varios municipios, las propuestas de eliminar el voto femenino en Estados Unidos generan más debate mediático que los feminicidios que ocurren cada semana sin respuesta estructural.

Lo que el caso tradwife y la Women’s Leadership Summit nos dicen sobre nuestra realidad no es que vayamos a perder el voto mañana. Es que el backlash tiene muchas velocidades: primero, la propuesta extrema que escandaliza; luego el recorte silencioso del que nadie habla; después, la cooptación discursiva que neutraliza sin suprimir; para terminar en la práctica con el vaciamiento formal y sustancial de nuestros derechos.

Mientras debatimos cuál de estas es la más grave, todas operan al mismo tiempo, con una simultaneidad que significa precisamente la eficacia de la que carecemos.

[1] Luxemburgo, R. (1906). La huelga de masas, el partido y sindicatos.

[2] Faludi, S. (1991). Backlash: The undeclared war against American women.

[3] Del francés: L’oppresseur ne serait pas si fort s’il n’avait pas accompli parmi les opprimés, De Beauvoir, S. (2019), El segundo sexo. Editorial Debolsillo. (Obra original publicada en 1949)

[4] Faludi, S. (1991). Backlash: The undeclared war against American women.

[5] Traducida como Cumbre de Liderazgo Femenino.

[6] Una precisión factual necesaria es que no encontré evidencia de que Erika Kirk hubiera expresamente solicitado eliminar el sufragio femenino. La propuesta se reporta haber sido expuesta por Savanna Faith Stone, una influencer del movimiento tradwife. Savanna expresó en una de las emisiones de su podcast en 2025 “Para mí no es tan importante que las mujeres tengan derecho al voto frente a la posibilidad de tener un país conservador”, la idea se magnificó y posteriormente se articuló y difundió en el contexto de la Women’s Leadership Summit de 2026.

[7] Del inglés household voting

[8] Contracción del inglés traditional wife o esposa tradicional en español.

[9] Fortunati, L. (1981). El arcano de la reproducción. Amas de casa, prostitutas, obreros y capital.

[10] Propuestas políticas ultraconservadoras publicadas en el contexto de las elecciones de 2024 en EEUU, cuyo objetivo fue consolidar un proyecto autoritario y nacionalista en materia economica, social e institucional, en su construcción participaron diferentes personas estrechamente alineadas al gobierno de D. Trump.

[11] Organización conservadora originada bajo la presidencia de R. Reagan promueve las políticas intervencionistas, la economía de libre mercado y los valores tradicionales, particularmente antiabortistas y de control político de las mujeres.

[12] Actualmente no existe una iniciativa con respaldo suficiente para revocar el sufragio femenino en Estados Unidos

[13] Faludi, S. (1991). Backlash: The undeclared war against American women.

[14] Como el caso de Ballerina Farms, la empresa propiedad de Hannah Neeleman, la cual cuenta con una planta de operaciones agrícolas, almacén, oficina, personal de limpieza e incluso maestras particulares para sus 8 hijos.

[15] Kollonta, A. (1913). El Día de la Mujer.

[16] Kollonta, A. (1921). La Mujer en el Desarrollo Social.

[17] Davis, A. (1981). Mujeres, raza y clase.

[18] Sentido común entendido desde la lectura de Gramsci, como la filosofía espontánea y acrítica, concepción del mundo y tradiciones fragmentadas y dispersas que componen la conciencia de las masas populares.

[19] Javier Albarrán, panista del Estado de México, forma parte de asociaciones conservadoras.

[20] Según el Censo de Población y Vivienda (INEGI, 2020), en México los hogares encabezados por mujeres representan un 33% del total; además, el 12.5% representa de los hogares se consideran monoparentales, de estos, más de la mitad son encabezados por mujeres. Se estima que 7 de cada 10 padres divorciados no cumple con el pago de pensión alimenticia.

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