¿Piropo o acoso callejero?
Imaginémonos una situación: a una mujer que camina por la calle se le acerca un “caballero” al cual se le ocurre hacer un comentario -en voz muy alta, claro está- , para que ella lo escuche como: “qué guapa, ¿por qué tan solita? ¿Te acompaño?”. La mujer sigue caminado mientras, más adelante, otro hombre le silba, miradas lascivas, más tarde un pasajero con el que se topa en el transporte público puede ser que le toquetee alguna parte de su cuerpo sin que ella lo desee. Todo esto sucede durante un episodio en la vida de esa mujer en un marco de aparente “normalidad” al ser “común y frecuente” en un traslado al trabajo. Sin embargo, tales situaciones “naturales” se describen en este escenario como acoso callejero, una modalidad del acoso sexual.
En una investigación realizada por Patricia Gaytan, profesora de la facultad de sociología en la UAM Atzcapotzalco define el acoso sexual como:
“…consiste en una o varias interacciones focalizadas cuyos marcos y significados tienen un contenido alusivo a la sexualidad, en las que la actuación de al menos uno de los participantes puede consistir en aproximaciones sexuales indirectas (empleo de símbolos, mensajes escritos, silbidos a distancia, material pornográfico), soborno sexual, acercamientos, miradas, susurros y contactos físicos o proposiciones y comentarios sexuales que no son autorizados ni correspondidos, generan un entorno social hostil y tienen consecuencias negativas para quien las recibe. Es posible que involucren diferencias de jerarquía y estatus, y necesariamente implican un desequilibrio en las relaciones de poder entre los individuos que puede ser contrarrestado o no durante la misma situación. Ocurre en diferentes medios.”
De tal forma que podemos entender una práctica cotidiana como una forma de violencia hacia la mujer, el acoso callejero pareciera intangible y normalizado culturalmente. Los chiflidos y frases que comúnmente hacen referencia a alguna parte del cuerpo de la mujer o hasta insinuaciones sexuales, hacen evidente las relaciones de género que se han construido social y culturalmente. Dichas conductas buscan afirmar el dominio de los hombres sobre las mujeres, concepción desde la cual se cree que las mujeres están ahí para ser apreciadas y valoradas con base a la opinión de un varón.
Conductas por las cuales se cree la mujer se debería sentir “alagada” pero que sin embargo, ocasionan consecuencias como coartar la libertad de las mujeres a transitar por ciertos lugares, a ciertas horas o inseguridad al elegir la ropa que usa.
En otros países como es el caso de Chile se han creado Observatorios Contra el Acoso Callejero (OCAC), Maria Francisca Valenzuela, licenciada en sociología y fundadora de éste, explicaba en una entrevista acerca de algunos mitos del acoso callejero:
- “Si hay mucha ropa no sufres acoso. Los relatos que hemos recopilados demuestran que no importa si estás tapada totalmente: ocurre en verano y en invierno, se use short o abrigo. Es una forma de acoso que no discrimina la vestimenta”.
- “Ellas tienen la culpa por provocar. Le suele culpar a la víctima cuando sufre algún tipo de agresión, pues estarían provocando a sus acosadores. Las mujeres son libres de poder vestirse como quieran, de actuar coquetamente, de mostrar su cuerpo y no por eso alguien tiene el derecho a decirle o hacerle algo”
- “El piropo no es violencia. Al ser una conducta -por lo general- no deseada, el piropo es una opinión que no se ha pedido y que transgrede el espacio del otro. Esto configura una forma de violencia que ocurre sobre todo en aquellos casos donde se usa una connotación sexual muy fuerte, al borde de casi cometer una violación con palabras”
- “Es derecho a libre expresión. Se suele afirmar que tirar un piropo es derecho a libre expresión, pero en realidad al no ser deseado pasa a violar otro derecho, que es el derecho al libre tránsito. Por lo tanto, defender la libre expresión en estos casos es privilegiar el ‘derecho’ de muchos hombres sobre otro derecho que no se les está resguardando a las mujeres”
- “Es una forma de coqueteo. El acoso callejero se caracteriza por ser un tipo de violencia muy particular, en la cual el agresor no tiene ningún tipo de vínculo con la víctima. En casi todos los casos, el agresor tampoco busca llegar a generar ese vínculo, no busca coquetear y tampoco tiene como fin emparejarse, simplemente busca ejercer algún grado de acoso y nada más. ¿Acaso alguna vez alguien escuchó que ante un dicho grosero alguna mujer dijera ‘hola, muchos gusto, conozcámonos’?”
Es por esto que consideramos que es importante denunciar el acoso callejero, con la finalidad de visibilizarlo y darnos cuenta de que no es “natural”, ya que esté está dirigido a limitar la libre participación de las mujeres en el espacio público y es una forma de violencia, instaurada, utilizada y solapada con el fin de mantener un sistema social machista que amenaza constantemente el derecho de las mujeres a vivir libres de violencia.
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