Una reflexión desde y sobre el cuerpo femenino en el mundo patriarcal
Erika Pérez Domínguez
A lo largo de la historia, en las sociedades patriarcales, nuestros cuerpos de mujeres han sido silenciados, objetualizados, ridiculizados, violentados, disputados, controlados, ¿por quién?
Los aparatos gubernamentales establecen leyes que despojan a las mujeres del derecho a decidir sobre su cuerpo; la penalización del aborto, la esterilización sin consentimiento, el limitado y deficiente acceso a servicios de salud, información y métodos de contracepción son algunas expresiones de una forma de violencia estructural contra las mujeres. Desde sus orígenes, la ciencia médica ha mirado al cuerpo de las mujeres con ojos de hombre. Ha nombrado nuestros cuerpos con sus propios términos e impuesto una concepción según la cual la diferencia entre el cuerpo de las mujeres y el de los hombres, es que a nosotras nos hace falta algo. Nuestros ritmos hormonales, cíclicos, han sido incomprendidos; se ha denominado “síndrome”, “histeria”, “inestabilidad” a todo aquello que escapa a la linealidad. La mayoría de las religiones, por su parte, han impuesto creencias que identifican el cuerpo de la mujer con el mal, con lo oscuro, lo sucio. Las religiones judeo cristianas equiparan el placer y el gozo al pecado, imponiendo una carga de culpa, temor e ignorancia en las mujeres. El sistema capitalista acentúa la afrenta contra el cuerpo femenino. Nuestros cuerpos son objetualizados, hipersexualizados, expuestos como herramienta de mercado. En el sistema patriarcal capitalista, un cuerpo de mujer es aceptado siempre y cuando sea “cuerpo para otros”: cuerpo de madre que alimenta o cuerpo de mujer para el placer sexual de los/las demás. Esta concepción del cuerpo como un objeto de placer da forma a innumerables prácticas de explotación, dominación y humillación, en niñxs y mujeres. El sistema patriarcal impone también la heterosexualidad como norma, reprimiendo, ridiculizando y violentando todo lo que escape a ella.
La concepción del cuerpo que impone el sistema patriarcal se expresa violentamente en todos los ámbitos de la vida social, pero también privada. La objetualización, hipersexualización, ridiculización, el silenciamiento y la represión de nuestro cuerpo proviene también de las otras mujeres, y aún más, de una misma. Somos cuerpo, sin embargo, se ha establecido una separación tajante entre cuerpo y razón, colocando al primero por debajo de la segunda; a esa concepción dicotómica cuerpo/mente se equipara la distinción femenino/masculino. Lo femenino se relaciona con el cuerpo, con la naturaleza, con lo pasivo, mientras que lo masculino se relaciona con la razón, lo mental, lo activo. Hemos aprendido así a concebirnos fragmentadas, a relegar al cuerpo a un segundo plano, y hemos entrado en la lógica de que si queremos ser aceptadas en el mundo masculino hay de dos: o nos hipersexualizamos y exponemos como objetos de placer, o silenciamos nuestro cuerpo, borramos de él todo lo que nos distingue y somos sólo mente.
Frente a todas estas imposiciones del sistema patriarcal capitalista, existen también expresiones de resistencia, experiencias de organización y lucha que colocan al propio cuerpo como un campo de libertad. Desde el propio cuerpo, individual y colectivamente podemos cuestionar los “deberes ser” que nos han impuesto, recuperar el poder de nombrarnos, de conocernos, vivirnos, en nuestra diversidad, complejidad y goce.
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